Chía: Ciudad de inundaciones y poetas en limosina

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Una limosina llama la atención en cualquier parte. Siempre despertará curiosidad saber quién desciende de un vehículo de esas características y en pleno parque principal de Chía. No fue mayor mi asombro (¡y mi decepción!), cuando del coche y en medio de los aplausos de unos pocos, se bajó un abundante número de estrellas: Las estrellas de la poesía. Allá fueron a ubicarse en medio de las butacas a leer sus poemas. Eran los “Protagonistas de novela”, eran las vedettes literarias que compartían con el pueblo; los patricios se confundían con la plebe…

Si fue una estrategia mediática para el evento ¿Cualquier estrategia sirve promocionar un “festival”? Si fue un homenaje al oficio literario o un ejercicio simbólico para confrontar a la audiencia, fue un error equiparable sólo con la decepción que en la mayoría, y a pesar de los aplausos, causó esta “llegada triunfal”. Si no fue ni lo uno ni lo otro, entonces ¿Qué sentido tenía descargar de una limosina apretados poetas en medio de una plaza pública?

No hay que ser un avezado analista de la realidad cultural para inferir que la literatura no ocupó el lugar que se merece dentro de los planes gubernamentales de la actual administración. La dirección de cultura “liderada” por la persona de las “calidades humanas e intelectuales” que conocemos, se limitó a acabar con muchas iniciativas entre otras, con los talleres y cursos existentes de creación literaria, con las horas del cuento y con la inversión en material bibliográfico que a duras penas se hacía. Muchas o pocas, estas actividades ofrecían un espacio de creación y unión alrededor del arte de las letras.

En la actualidad, la literatura fue tomada por dicha funcionaria, como un subproducto usado para soportar la mal llamada pluralidad de espectáculos y el apoyo desinteresado que supuestamente ofrece la Casa de la Cultura de Chía a los grupos locales. Sin duda, la literatura ha sido un relleno más, donde la mayor tajada presupuestal se lo lleva la música y un sinfín de festivaletes que ni siquiera honran la etimología de dicha palabra (Del Latín “Festivus”: Alegre, gozoso, solemne), y que sí pasan con mucha pena y poca gloria por la memoria de los habitantes de Chía.

Sin embargo, entrar a discutir la metodología y los criterios de selección, la inversión presupuestal, los programas y actividades ofrecidos por la subsecretaría de cultura, y que dependen exclusivamente de la voluntad de una funcionaria, sería redundar en lo expresado en otros artículos (Hace muchos años lo estoy diciendo). Eso sí, es evidente que usó sus influencias para, inmune a las críticas, hacer lo que se le antojara con la cultura y el arte local.

Ahora bien, lo que sí me mueve, esta vez a raíz del fastuoso vehículo, es el papel de los artistas del municipio. No creo en particular, que los poetas de la ciudad de la Luna necesiten el “buen trato” de subirlos a una limosina y para ¡transportarlos una cuadra! Una verdadera muestra de afecto hacia su profesión hubiese sido más conmovedora si se les regala un libro o si se publican sus textos en una buena edición de memorias; pero subirlos en una limosina para ser observados como peces en un acuario dista mucho de lo que verdaderamente aspira un poeta o de lo que puede llegar a ser un homenaje. Como artista me hubiera rehusado a participar de ese “recorrido espectacular” calificado incluso de “pretencioso” por una de las poetas invitadas.

Más grave aún es el contexto histórico particular que atraviesa nuestra ciudad. Chía en la actualidad se debate en una coyuntura política como ninguna otra, en donde las falsas promesas son el pan de cada día y los candidatos a futuros cargos se alimentan del deseo de los habitantes por una mejor ciudad. Es claro que los movimientos o acciones que lideren los artistas deberán aceptar implícitamente esta realidad social que atravesamos. Su obra indiscutiblemente debe estar salpicada de esa conciencia social y esa sensibilidad a flor de piel de la que se vanagloria un artista.

Trascender, romper el molde, agitar consciencias y no vivir en función de una nueva dominación para alcanzar la liberación estética, social e intelectual (Léase a Glauber Rocha en “La estética de la violencia”). De dónde saldrán nuestras creaciones si no de la realidad que día a día nos agobia con corrupción, el absurdo, las prebendas y los sueños robados por aquellos en quienes creíamos.

Queremos liberarnos de ese pasado traumático, pero sólo temporalmente. En el fondo queremos ser ese “otro”: poderoso, colonizador y opulento; ese que desea desde su arribismo, un triunfo individual o una imagen omnipotente de santo padre que desde su grandeza ayuda a los otros y niega su pasado de pobreza (estética, social e intelectual).

Pero… ¿Este fue el mensaje que recibimos los incautos espectadores? Mientras la ciudad se ahoga en su propia pez y en sus propios desaciertos (no sólo los invernales), los artistas, los encargados de poner el dedo en la llaga con sus creaciones, arriban a un evento poético en una limosina negra de vidrios polarizados como las estrellas que algún día quisieran ser. ¿Han trascendido, se han superado, han alcanzado sus sueños de pobre subiéndose a ese vehículo?

Sigue persiguiéndonos ese pasado “traquetoide” de ostentar poder y lujo por encima de quien sea. Nuestros modelos de comportamiento se alejan más de lo que somos y se suman a una cadena de actitudes e imágenes que sólo cabrían en el mundo absurdo de la fantasía literaria, pero que subsisten paradójicamente entre los mismos artistas. No es una posición patriótica de defender lo autóctono y privilegiar lo nuestro; es la necesidad de construir desde la realidad, desde la diferencia y sobre los errores. No es calcando soluciones ajenas a nuestra situación como saldremos de este atolladero. Déjenle a Hollywood las limosinas, los trajes de diseñador y los paparazzi, muchos de nosotros no soñamos con las adopciones, las curvas y los millones de Angelina Jolie como un referente estético, social o intelectual.

Esa estética de lo opulento puede entenderse no sólo en el delincuente ignorante que a toda costa ha cumplido sus sueños desde lo irracional de la violencia sino también en el ciudadano común que vive en un país que no se apropia de la educación y la cultura como herramientas suficientes para fortalecer el carácter de sus habitantes. Por el contrario, es un país que educa a través de la TV y sus “ejemplarizantes” historias de vida: Narcos, corrupción, bikinis, transparencias y alfombras rojas son el pan de cada día para una sociedad que trastoca sus necesidades y modelos gracias al papel educador de la farándula criolla. ¿No es ahí donde debe aparecer triunfante el artista (no en limosinas), con su discurso, con nuevas miradas críticas y estéticas acerca del mundo en el que nos ha tocado vivir?

Ahora es el turno de los artistas que ceñidos a la moda farandulera (la de las boinas, las bufandas, los sombreritos y los abrigos), se consideran importantes y más que los demás. Quienes deberían cuestionar esos estándares o esos modelos de comportamiento, más bien se dedican a usarlos con solaz y en su propio beneficio. Ahora más que de artistas de limosina, el mundo y en particular nuestra ciudad, necesita de artistas de oficio, con un alto de sentido de la responsabilidad social y de la trascendencia de sus acciones. Verdaderos artistas que desde su trabajo y quehacer diario cuestionen el mundo al que se enfrentan día a día, sin la obligación de una creación panfletaria, pero sí con el deber de concebir una obra de arte nacida desde su más profunda condición de latinoamericano.

La responsabilidad no es exclusiva de los burócratas, ellos son de paso. Quienes seguiremos ganándonos la vida con nuestro oficio insistiremos en las bondades del arte y la cultura, pero no a cualquier precio. No estamos buscando una oportunidad, nuestro trabajo habla por sí sólo. La responsabilidad también recae sobre nosotros mismos pues no podemos seguir prestándonos para un juego que se volvió contagioso: hacer por hacer cuando se pueda. Todo lo contrario, hay que hacer bien siempre, con responsabilidad y compromiso. No bastan las buenas intenciones o si no ¿para dónde va la cultura de Chía si seguimos actuando así?

Como dijo uno de los presentadores en el festival de poesía: —El país está jodido. Estamos jodidos —Ahora que lo pienso mejor, estoy totalmente de acuerdo con él: En Chía estamos jodidos.

 

Santiago Pérez J.