Sobre el Fin del Arte, Flora Artificial

Alexandre_humboldt

(De la Expedición como una de las Bellas Artes, primer envío)

“Carlo (puro) parte, por así decirlo, la misma noche de su nacimiento. Parte hacia Turín, en tren. En aquel mayo de finales de los años cincuenta, Italia está todavía intacta y tan sólo los espíritus críticos notan, con un juicio negativo que gratificaba su propio narcisismo, los primero indicios de la nueva época que está a punto de estropear por toda la eternidad las viejas ciudades y las viejas campiñas. La naturaleza de Carlo lo clasificaba por natural derecho entre esos selectos /los espíritus críticos/; pero él era bueno, y el sentimiento de totalidad que a través del sexo lo ligaba al mundo-fuera de todas sus Éticas particulares- era más fuerte que el sentimiento estético. El buscaba –pero en el mundo, entre los cuerpos-la soledad más absoluta. Y no había solución de continuidad entre lo que guardaba de ese viaje-en seguida, en el acto mismo de entrar en la estación y comprar el billete-y el placer íntimo de las visiones más desinteresadas y puras de la realidad, en cualquiera de sus aspectos, humano, natural, etc., etc.” Pier Paolo Pasolini, Petroleo.

Introducción

Podría hablarse de un nuevo artista y con él de un nuevo tipo de arte si la palabra nuevo no remitiera inmediatamente a esa noción de progreso que parece infectar toda valoración. Pero sí, parece tratarse de un nuevo quehacer sostenido en lo que hoy constituye una imposibilidad. La exploración. La tierra ha sido recorrida palmo a palmo y esa vastedad de territorio ha sido franqueada y fragmentada en cientos de Manuales para los millares de ávidos turistas dispersos por el planeta. Se puede viajar, se puede seguir una ruta pero no se puede explorar. Esas tierras nunca vistas son sólo la añoranza romántica de los infinitos turistas que intentan reivindicar el viaje, el viaje de exploración. Por tanto toda exploración que hoy lo pretenda aún en los lugares más supuestamente ignotos parte de la realidad de tener que saberse necesariamente como el simulacro de algo que pudo suceder en otro momento y que quizá sea irrepetible. Por tanto la expedición como tal no existe. Es una simulación en que el viajero copia un suceso anterior siguiendo las narrativas de los cientos de viajeros que en su momento surcaron la tierra, en un momento en que todavía era lícito hablar de exploración. Hoy en día se conocen como Calcografías Nacionales, y son lo que ellos consideran la Botánica después de Humbolt, una suerte de Botánica Postcolonial. Algún crítico las llamó de manera aún más rimbombante, Prácticas Experimentales de Interdisciplinareidad. Por tanto el nombre exploración trastabilla y se transforma apenas en un simulacro, una suerte de nombre provisional con qué nombrar una actividad a la que se entregan los turistas en ese deseo de simulación de vastos territorios ignorados. Y el turismo, su industria favorece el engaño al que el explorador prefiere llamar simulacro, suplantación o reapropiación para ser más precisos. Algo así como una contraexpedición de las expediciones primeras promovidas por el afán colonizador. Hoy ese afán parece desaparecer para vertirse en un semillero artificial, una fábula, hablar flores.

En la exploración todo es un remedo de algo anterior. Y puede hacerse. Existen minuciosos diarios de viaje en que pueden rastrearse las rutas y todos los hábitos de esos primeros exploradores, sus gestos, su forma de vestir y otros pormenores de la simulación de tal manera que la suplantación es total. En conclusión la expedición existe y se realiza pero a sabiendas que se trata de un juego, nada serio, apenas un hacer que se sitúa artificialmente en el mismo lugar del original. Entonces el expedicionario es aquel que imita a su antecesor que quizá también imitara o siguiera las convenciones y los usos de viajeros primigenios que le antecedieron en el tiempo. El expedicionario imita al viajero de verdad. Imita sus rutas, su itinerario y existe toda una cartilla de rictus y gestos y tomas de muestras y reproducciones que pueden calcarse. Todo un álbum de imágenes en que se ha recreado la vida integra de ese hombre de los primeros viajes, y así la pantomima puede ser total. Porque el Turismo de nuestra época es una especie de teatro en que representamos situaciones y acciones extremas que han perdido su poder de asombrar, nada hay nuevo, todo ha sido registrado, reproducido. En parte entonces el juego del expedicionario consiste en hacernos creer que viaja, que nombra y recolecta. Acciones que tuvieron su momento original. La expedición es una transposición de algo que debió ocurrir. Y hoy se la llama igual. Pero no es un asunto turístico el que motiva a este nuevo viajero, a este viajero de la expedición, aunque la palabra turismo encierra sutiles acepciones que casi podrían cobijar toda actividad humana que tiene por fin conocer en el supuesto que se sepa que ese conocer es tan solo corroborar el Manual del Turista. Pero este expedicionario que presume conocer o mejor reconocer, en una suerte de movimiento superpuesto al primero y a todos los anteriores y que generaría el levantamiento de un estado de cosas en que se descubre toda una situación de la época, este nuevo viajero es también artista. Y su viaje, su expedición, es considerada en adelante como una bella arte.

Por ahora adentrémonos en el sentido del viaje, del viajero, de la expedición, el asunto del arte, ese asunto estético queda para una futura consideración.

La expedición

Colombia era un territorio vastísimo. A pie mi abuelo cartógrafo debió recorrer parte de su geografía cientos de veces en sus casi cuarenta años de vida en esos territorios selváticos. De regreso se perdía en la ciudad, se perdía en sus calles y ruidos, en ese ritmo compulsivo que no entendía, en las formas sociales que debía reaprender. Nunca me habló de su intención de viajar, lo suyo había comenzado en un tiempo difícil de rastrear; en las tardes de regreso del colegio, en casa de mi abuelo, lo encontrábamos siempre tras un lente haciendo mediciones que luego trasladaba a un papel que parecía un mapa; había muchos implementos de esa época, carpas, objetos de la selva, cerbatanas, plumas, piedras, vasijas, alguna vez incluso trajo consigo un tigrillo que acompañó a la familia hasta que se transformó en una fiera indomesticable; jamás supe del final de esta historia con el tigrillo. Sólo sé que es verdad, alguna vez mi madre me lo confirmó, ella lo vio una tarde antes de entrar a la casa de sus suegros. Tenía que timbrar y súbitamente apareció tras las rejas la fierecilla. Pero no se sorprendió. Las excentricidades de mi abuelo eran frecuentes. En realidad se trataba de compaginar ese no lugar en que la selva intenta hacerse compatible con el espacio urbano. Cerca de allí se anunciaba un templo de un indio amazónico que prometía todo tipo de curas a males que la ciencia médica se había negado a tratar. Por años asocié esas cuadras a los ires y venires del tigrillo quizá arrinconado al hacérsele imposible asimilar el frío y las miradas curiosas de los niños tras las rejas. En el templo del indio una vez contemplé en un frasco de vidrio, el embrión incipiente de un tigrillo y pensé en el espécimen real que se paseaba impávido a pocas cuadras de allí. También registré los ungüentos y los cientos de frasquitos etiquetados que cubrían los estantes. Toda una ciencia de curación de esos males invisibles imprevistos para la farmacia occidental, el viejo indio en cambio ataviado con sus plumas y su viejo y raído traje de indio norteamericano, explayaba los nombres de plantas y raíces que flotaban en forma de sustancias y de ungüentos en el interior de los frascos.

Comenzaba por leerle los titules del periódico en que me hacía saltar de artículo en artículo, hasta dar finalmente con algo que podía interesarle, casi siempre de carácter político, aunque lo político consistía generalmente en el desenmascarar a un impostor o la crítica despiadada de algún osado advenedizo que se atrevía a sentar cátedra en algún lugar público o en los cafés en que el humo copioso envolvía las arengas y promesas de los cientos de aprendices de política oficial. Entonces lo leía en voz alta, pero de golpe me interrumpía y comenzaba otra vez su narración tras sus ojos limpísimos y su risa desbocada. Yo nunca conocí esos lugares, quizá no fuera necesario, los vi a través de sus palabras, penetré la selva, abrí los caminos de una geografía todavía virgen; es que la devastación de esos territorios es reciente, mi abuelo fue testigo del trazado de las primeras carreteras, la selva se abría a la exploración y explotación petrolera, eran los tiempos de oro de la Texas Petroleum Company, grandes campamentos, cientos de obreros, tiendas de campaña instaladas con gran comodidad y lujo. Se comía en latas que entonces era una novedad.

Tiempos atrás otros viajeros más inocentes quizá habían realizado las primeras expediciones con el ánimo de recorrer y describir esa vasta geografía del nuevo mundo, su extraordinaria riqueza vegetal. Hoy los llaman etnógrafos coloniales con todas las variantes que tal apelativo pueda suponer incluyendo a su vez prácticas y accidentes que compendian la basta devastación del nuevo mundo. Mi abuelo no, las primeras investigaciones de los primeros viajeros, ajenas en principio a todo fin práctico, salvo el de dar un nombre a esa inmensa vastedad y riqueza, había sido reemplazada por la búsqueda de petróleo, por encontrar nuevos pozos, y paralelamente corría el progreso, se abrían carreteras, aparecían nuevos poblados.

Para los expedicionarios del petróleo era común convivir por meses enteros en asentamientos indígenas, tiempo después me enteré que mi tía había vivido una larga temporada en uno de estos territorios indígenas para realizar su trabajo de investigación periodística, me habría gustado conocer esa historia que subyace en capas ignoradas de mi historia familiar. Jamás se volvió sobre ese tema, se transformó en un mito como los cientos que sobreviven a cada generación desdibujándola. Las cosas no pronunciadas de una familia subyacen convirtiéndose en espacios incómodos que nadie quiere frecuentar y por eso permanecen impronunciables, pero están ahí esperando las palabras que les den nacimiento para liberar esos malentendidos que debieron originar la desgracia.

Mi abuelo tomó cientos, quizá miles de fotografía de esos parajes desconocidos, las debió guardar en cajas, luego en algún momento, quizá después de muerto, fueron quemadas en el patio trasero de la casa, el humo debió ascender y fundirse al resto de contaminación del ambiente, eran diminutas, yo conservo una, en un borde tiene por título el lugar fotografiado, pero la letra es diminuta y resulta ilegible, indescifrable. Es algo así como un atardecer que apenas distingo en ese blanco y negro tenaz. Quizá sea la única fotografía sobreviviente. Las demás se esparcieron en cenizas en una tarde, al lado de sus objetos de trabajo que poco a poco también fueron desapareciendo.

El trabajo de la muerte es quizá más basto en el caso de los objetos que alguna vez nos pertenecieron, ningún cuidado, ninguna molestia, hay siempre el afán por hacerlos desaparecer. No creo que quemar esta última y quizá única evidencia de ese registro fotográfico se transforme en algo como una ceremonia secreta, será en cambio un acto triste, su extinción definitiva, nadie hablaría de un aura que milagrosamente mitificara al abuelo, muerto tantos años atrás, muerto y sepultado tras su dolor, en una tumba donde la piedra deja apenas entrever las pocas letras que lo sobreviven.

 

Claudia Díaz, enero 30 de 2015