Farenheit 1210

Colombia es un país de “ingeniedades”. Esta expresión fue construida para mostrar localmente a los genios que no logran serlo porque no pueden superar su ingenuidad, porque no logran abrir ninguna realidad visual o discursiva. Algunos de los escritores de este país de ingenios caídos bajo el peso de la gravedad de su ingenuidad, han denunciado que los estudiantes de artes de nuestro país están leyendo demasiado, cuando la pedagogía correcta consiste en mantener la naturaleza de su ser amarrada al yugo que le impone el hacer mecánico de sus manos. A este hacer manual lo ha denominado pensar. Los artistas de hoy deben limitarse a ser máquinas programadas para pensar determinados por la naturaleza de sus materiales. Pensar es dejarse llevar por los ritmos naturales. A los jóvenes artistas en formación, se les debe ocultar que los grandes maestros del pasado fueron hombres cultos, buenos lectores y en algunas ocasiones excelentes escritores, sin ningún menoscabo para su producción plástica. No obstante, una cosa es que el artista se limite a ilustrar el pensamiento de otros, y otra cosa muy distinta es aquella mediante la cual el artista se prepara y cuida su espíritu, para incursionar en el difícil arte de pensar un lugar para realizar la libertad de ser diferente con otros que reclaman este mismo horizonte de sentido.

Uno de estos bomberos contemporáneos, encargados de apagar el fuego de las ideas, ha sentenciado que esta “verborrea” discursiva que corrompe a nuestra juventud debe cesar. Por lo tanto, las universidades quedaron conminadas a sacar de circulación las palabras y expresiones más subversivas, verborreicas, como modernidad, altermodernidad y decolonialidad. En relación con estas últimas, en especial la palabra igualdad, la cual es la peor de todas ellas porque, según estos bomberos, ha dado lugar a todo tipo de “tiranías”. En el mundillo plástico nacional da buenos réditos morder lo que no se comprende. Cuando se tiene el horizonte por debajo de los pies, es difícil hacer otra cosa.

Para no exponerme demasiado al fuego de los bomberos en la noche de año viejo, sólo voy a decir que en la última exposición de este año en la Sala de Exposiciones ASAB salió a mi encuentro una construcción sencilla y sugerente que me mostró lo que no pueden mostrar los discursos decoloniales, pero no porque sean “verborrea”, sino porque su sino es mostrar otras cosas, lo cual no deja de ser interesante para aquello que fue visualizado por la artista. La imagen mencionada tiene el mérito de abrir tanto la palabra Angola como al cuerpo que responde al nombre de Mercedes. Mercedes Angola es una artista que piensa finamente con base en la palabra y lo que puede apreciar y aprender de sí misma. Su autorretrato “decolonial” relaciona visualmente universos dispares –signos-objetos– para construir un lugar en el cual esa disparidad sea superada en una contemporaneidad dispuesta a abrir realidades discursivas y visuales en las cuales todas las diferencias se universalicen de manera dinámica y aleatoria. Angola no se margina, no se castiga por tener piel oscura o por habitar X región del planeta. Al contrario, con sus gestos evidencia la universalidad de un nombre que lucha por establecer, inútilmente, una relación directa con su piel. En la imaginación de la artista, piel-palabra conforma un discurso para sacar finamente los gestos con que Mercedes Angola supera su particularidad y se eleva por encima de sus condicionamientos culturales y teóricos, visuales y literarios